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Danza, por Nacho López

Nacho López 01

La danza se ha dicho es una de las artes más completas porque reúne formas plásticas y auditivas en términos de volumen, espacio, proyecciones, sonoridades, color y contenido social. También es poesía, religión, realismo o abstraccionismo. No es un arte decorativo, no se puede comprar ni palpar; es intangible y efímera, pues sólo se transmite al espectador por medio de la emoción y sentimiento del instante. Y cuando su ejecución sube en intensidad, la danza alcanza niveles profundamente místicos.

Al intentar captar las múltiples facetas de la danza, el fotógrafo se percata de los problemas estéticos que ella misma establece para su interpretación. Y precisamente por lo efímero e intangible de la danza, la fotografía entra a servir como un poderoso coadyuvante dentro de su propio carácter realista. ¿Hasta qué punto pues, puede la fotografía captar la esencia y cualidades de la danza? Este es un problema que se resolverá por sí solo a medida que se continúe investigando.

Ya sea que se fotografíe al sujeto en «pose» o totalmente «movido», ya sea que exista una combinación de los dos, o que sólo haya secciones movidas de menor importancia para imprimir sensación de movimiento, o que se recurra al montaje sencillo con la ayuda de dos o tres figuras, dejamos a juicio de nuestro lector la que más le agrade.

La fotografía aporta una nueva dimensión a la danza: esa de captar el momento inasible y emocional del danzarín. Y creemos que se tendrá más éxito en la medida que se sepan manejar los elementos que enfaticen el contenido de la danza. Aquella fotografía en la que se perciba una atmósfera y un clímax, en donde haya un trazo de figura humana proyectándose hacia afuera.

– «Danza«, fotorreportaje publicado en la revista Mañana, núm. 444, 1o de marzo de 1952. Este material se puede ver en Luna Córnea 31. Nacho López (Conaculta, Centro de la Imagen, 2007).

Cuba: Crónica personal, por Nacho López

En un recorrido de dos semanas por Cuba, invitados por el Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos, varios periodistas mexicanos tuvimos la oportunidad de objetivar algunas impresiones sobre la realidad cubana. Yo, en lo personal, estaba ansioso de volver a Cuba después de mi primera visita periodística en enero del 59, quince días después que el Comandante Fidel Castro entraba a La Habana.

Entonces creo que nadie imaginaba las portentosas dimensiones que la Revolución Cubana adquiría. El pueblo estaba alborozado; eran días de fiesta celebrados en las calles, los cafés, los barrios. El guerrillero bailaba con su compañera en el salón alfombrado del Hotel Havana-Riviera, con la metralleta al hombro que rozaba la cadera de la turista norteamericana. Era una imagen que se ajustaba a la tradicional del cubano despreocupado, parlanchín y alegre, según la idea “beisbolera” que teníamos otros pueblos sobre Cuba. Mientras tanto, el gobierno revolucionario acometió las tareas más inmediatas: cierre de los prostíbulos, cierre de las casas de juego, nacionalización de los bancos, control de divisas, etc. La cosa se ponía seria: los hombres de la Revolución no estaban jugando; se proponían acabar con la vieja estructura feudal, colonialista, capitalista e imperialista. Juicios a los criminales de guerra, paredón, desaparición del ejército de Batista, Reforma Urbana, (deinmediato cada ciudadano pagaría la mitad de la renta por su vivienda), Reforma Agraria (expropiación de los latifundios). Fidel Castro decía en uno de sus discursos: “Si alguien me asesinara, mi muerte no significaría nada pues vendrán otros más radicales que yo”.

En Luna Córnea núm. 31. Nacho López (Conaculta, Centro de la Imagen, 2007).

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