Archivos diarios: 20 agosto 2015

Ushuaia

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Por Luján Agusti

Mi primer recuerdo de Ushuaia es la imagen de un camino lleno de pinos y nieve. Creo que esa misma imagen es la que casi todo el mundo tiene de “la ciudad más austral del mundo”, el único municipio argentino al que se debe acceder atravesando la Cordillera de los Andes.

Pero Ushuaia esconde muchas otras capas detrás de esa faceta turística. Se trata de una ciudad con una dinámica social muy particular: la vida de todos sus habitantes se encuentra condicionada por la naturaleza. Además de la nieve que la cubre de mayo a septiembre, Ushuaia se encuentra de un lado contenida por el mar y del otro, encerrada por las montañas. En el verano los días pueden durar hasta 19 horas y en invierno sólo siete. Todo esto hace que la vida sea muy puertas adentro y que, en determinados momentos del año, sea muy difícil encontrarse a alguien en la calle.

Para mí llegar a la isla es casi como aterrizar en otro planeta. A pesar de que he ido mil veces, cada vez que llego una sensación indescriptible me envuelve; experimento la calma y la densidad que provoca estar casi en el fin del mundo, o en el principio.

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Maltratada

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Por Manuel Morales

Se llama Irene y vive en la ciudad boliviana de El Alto, a 4.000 metros de altura sobre el nivel del mar. Su mirada triste es la de una mujer maltratada por tres hombres en su desgraciada vida: su padre, su hermano y su esposo. “Es una persona frágil, tímida”, dice de ella la fotógrafa mexicana Karina Muench, que la retrató hace un par de años, cuando Irene tenía 46 y trabajaba de empleada doméstica en un entorno deprimido. Karina, nacida en México DF en 1975, vive en Berna con su marido suizo y su niña. Formada como fotógrafa documental, siempre sintió “inquietud” por abordar la violencia machista, y como su “compromiso es Latinoamérica”, presentó una propuesta para montar una exposición, que logró la financiación de un organismo dependiente del Gobierno de Suiza que trabaja en países en desarrollo.

Karina se trasladó a Bolivia, donde contactó con una ONG que cuida de las maltratadas. “Les expliqué que no quería solo llegar y hacer la foto. Era un proyecto. Tardaron dos meses en contestar pero al fin me dieron una habitación para trabajar”. Karina pasó allí 14 meses. Iba tres veces por semana para hablar con las mujeres y lograr su complicidad. Lógicamente, le costó. “Hasta la primera que dijo ‘yo me tomo la foto’. Entonces otras siguieron”. Cada toma le llevaba unos 15 minutos y la retratista asegura que para ellas fue “terapéutico” dejarse fotografiar. “Quise hacer un trabajo sutil y digno para ellas. Que dijeran: ‘Mírenme, sí, soy una víctima pero estoy luchando y no me importa el qué dirán”. Karina les informó de que sus retratos iban a estar colgados en una exposición en su país y seguramente en museos y salas de otros, como ocurrió en Chile, Brasil, Suiza y en el festival PHotoEspaña, en Madrid.

“En Bolivia tuvo mucho éxito. La gente se quedaba congelada delante de los retratos y salía conmovida. Había mujeres, jovencitas, que escribían mensajes en el libro de visitas que decían ‘esto me pasa a mí’, y se me ponía la carne de pollo”, recuerda Karina con un nudo en la garganta.

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