La dialéctica de los espectros

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Por Clément Chéroux

En abril de 1891, cierta revista de fotografía publicaba la siguiente carta de un lector: “Señor Redactor en jefe de Progrès photographique: habiendo adoptado como pasatiempo la costumbre de preparar yo mismo mis vidrios con la gelatina de bromuro, utilizo a menudo los vidrios empleados en tomas fallidas o que no ofrecían suficiente interés para conservarlas. Y, en ocasiones me ha ocurrido, que después de emplear en la limpieza de las viejas imágenes los medios más enérgicos y los reactivos más potentes, encuentro sobre ciertos vidrios, trozos de paisajes o retratos […] Ante la imposibilidad de borrar esos rastros de los antiguos clichés, decidí verter la emulsión sobre esos vidrios, convencido de que la imagen apenas perceptible que se veía en ellos no dañaría en absoluto la prueba futura. ¡Pero me equivoqué!, y la imagen, resistente a todos los lavados, en vez de permanecer oculta e invisible bajo la nueva capa, se volvió mucho más nítida, y se mezcló con uno de mis nuevos paisajes, dándole a mi cliché la apariencia de ser una trampa para fantasmas, por decirlo de algún modo…”

Aunque las muestras conservadas hoy sean raras, en otros tiempos era un incidente común. En la época del daguerrotipo, o del colodión, más aún en la de la gelatina de bromuro, los operadores que reutilizaban los clichés mal limpiados se exponían, en efecto, a ver resurgir en sus imágenes inoportunos “fantasmas”, como los llama el autor de la carta publicada en Progrès photograhique. Si la palabra “fantasma” fluyó naturalmente de su pluma, se debe sin duda a que la sobreimpresión produce figuras inmateriales y translúcidas que se parecen extrañamente a las representaciones arquetípicas de los aparecidos, tal como las concebía por entonces el romanticismo. Testimonio de ello son los términos empleados por Théophile Gautier para describir la aparición de un espectro en su novela de 1865, titulada, precisamente, Espirita: “poco a poco se esbozó en un vapor luminoso la sombra encantadora de una mujer joven. Al principio la imagen era tan transparente que los objetos colocados detrás de ella se notaban a través de su figura, como se ve el fondo de un lago a través de una superficie de agua límpida. Sin adquirir materialidad alguna, enseguida ella se condensó lo suficiente para adquirir la apariencia de una figura viviente, pero de una vida tan ligera, tan impalpable, tan aérea, que más bien parecía el reflejo de un cuerpo en un espejo que ese cuerpo en sí.”

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http://eluni.mx/1Bo2IhV

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