La vorágine y el organillero, por Alfonso Morales

Juan Guzman

A fines de los años treinta y principios de los cuarenta del siglo pasado, la ciudad de México ya contaba con los méritos suficientes para calificar como metrópoli. Al abolengo de sus palacios, templos y edificios construidos en la era virreinal, y a las obras arquitectónicas con las que el régimen de Porfirio Díaz quiso asegurarse un buen lugar en la posteridad como adalid del progreso, la capital mexicana había agregado en el pasado reciente avenidas e inmuebles que declaraban la confianza en un futuro que aboliría las distancias y no tendría temor a las alturas.

Aun en la colonia Doctores, barrio proletario y clasemediero en que los asilados políticos Juan Guzmán y Elena del Moral montaron su primer domicilio, eran perceptibles las señales de que los hábitos y las costumbres estaban cambiando por la presencia de objetos, aparatos, tecnologías y servicios que se anunciaban como facilitadores de los esfuerzos cotidianos e incluso como símbolos de un salto civilizatorio: radios, teléfonos, automóviles, películas, cosméticos, navajas desechables, bebidas refrescantes, anuncios luminosos.

Todavía más evidentes debieron hacerse a la pareja esos signos de la vida moderna cuando mudó su hogar a la céntrica avenida Morelos, que se ubicaba cerca de las sedes de los principales periódicos capitalinos y a unos cuantos pasos de Paseo de la Reforma. Este transitado bulevar componía, junto con la también próxima avenida Juárez, el principal muestrario de lo que la ciudad quería presumir como lujo y espíritu cosmopolita.

Aquellas ediciones impresas en las que Guzmán colaboró entre 1939 y 1953, participaron de esa celebración del porvenir industrioso y tecnificado, tan sólo porque a través de sus anuncios y carteleras se convertían en espacios promocionales de mercancías, novedades y atracciones que lo representaban. Aun si se ocupaban de los peligros, amenazas y lacras de la ciudad en proceso de expansión, los diarios y revistas ayudaban a sus lectores a construir sentidos de pertenencia, dotándolos de cartografías que hacían de aquella urbe una entidad más asequible y menos difusa. Precisamente porque la ciudad aumentaba diariamente el número de sus habitantes, y con ello la posibilidad de encuentros, colisiones y extravíos, no podía haber espectáculo que la superara como compendio de lo rutinario y de lo insólito.

Leer texto completo:

http://bit.ly/1rV1FbE

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s