Archivo por días: 8 abril 2014

La belleza y el gusano, por Alfonso Morales

María Félix 02

1. La antigua potestad de la Muerte. Inútil toda fama o pretensión, vanos el poder que otorga privilegios y la riqueza que motiva envidias, porque el rasero de la muerte nohará a todos iguales: osamenta vaciada de scarne, polvo devuelto al polvo. Ésta, la más sencilla de las verdades a nuestro alcancefue el tema que inspiró a las Danzas Macabras (Totentanz, Danse macabre) , el género artístico-religioso que se popularizó, entre los siglos XV y XVI, en la Europa convertida al cristianismo. Los saldos trágicos de las pestes, las hambrunas y las guerras fueron el trasfondo histórico de esos tributos a la inmarcesible potestad de la Muerte; alegorías cuyos ogenes se han ubicado en los bailes litúrgicos que complementaban las enseñanzas dmisas y sermones, y que fue profusamente difundida por distintos medios: murales y estampas, libros ilustrados, teatro, música y poesía. La matriz pedagógica de las Danzas Macabras fue limagen de una procesión compuesta por personajes de distintos oficios y jerarquías –del santo Papa al humilde pordiosero–, que alternaban con un equivalente cortejo de esqueletos animados, fúnebre compañía que les recordaba y/o anunciaba su destino fatal. Las representaciones en que danzaban la mundana apariencia y el hueso desnudo, tenían el propósito de alentar entre sus espectadores el aprovecha miento virtuoso del tránsito por la vid a, aunque hubo, de seguro, quien es las entendieron como invitación al goce y derroche de los dones de su existencia fugaz.

2. Monumentos funerarios. A esa iconografía de las Danzas Macabras, y a su simbología derivada o complementaria que ya no requirió de la totalidad del esqueleto para aleccionar sobre nuestra condición mortal –como sucede con los cráneos de los memento morí o vanítas–, debe la cultura occidental su familiaridad con los huesos de ultratumba. (Paul Westheim hexplicado, en su clásico estudio La calavera, los caminos mexicanos de esa imaginería, marcada por las concepciones que sobre la muerte tuvieron las culturas prehispánicas, que tiene elas calacas festivas de los Días de Muertos su principal manifestación.) La fotografía, cuya mayor vanidad es enfrentarse al desgaste del tiempo, arrebatarle momentos a su flujo indetenibleha enriquecido aquella tradición con sus propias rondas de restos mortales. Podría decirse, incluso, que la totalidad de nuestros retratos fotográficos es la más incansable danza de una Muerte, dosificada pero constante, que se disfraza ante nuestros ojos como noticiarecuerdo, efeméride, genealogía. Tras los ro tras serios o risueños que apuntalan nuestra identidad aguarda n, ve lados, mustios, al acecho, el rictus del cadáver y la oquedad de la calavera.

En apariencia ubicadas en el lado soleado donde tienen lugar las fiestas, las celebraciones, las actividades del diario con que la vid a e reproduce y prolonga, las imágenes fotográficas tienden a ser expresión y consuelo de nuestras pulsiones tanáticas. La foto, tiempo en vilo, indicio objetivado que hace las veces de monumento funerario, «preconiza, bajo la forma fantasmática, el retorno de lo muerto» –resumen María Inés García Canal y Humberto Chávez Mayal, en El tiro de gracia, siguiendo ideas de Sigmund Freud, Roland Barthes y lean Baudrillard–.

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