Fotografía prostibularia, por Sergio González Rodríguez

Víctor Flores Olea

I. La fotografía es, ante todo, un acto fotográfico: una puesta en escena de imágenes que congregan al fotógrafo, sus ideas subyacentes en términos estéticos, y al objeto-sujeto que aparecerá retratado. En cualquier fotografía existe un entorno cultural que se revela por un recurso metonímico: habla la parte inscrita en la imagen por la totalidad ausente, o casi ausente, que la posibilita. Tal congregación delata una especie de metafotografía cuya amplitud envuelve al fragmento fotográfico del que irradia: algunos de sus rasgos de luz se pueden reconstruir si se atiende a la estrategia cultural de la que proviene uno u otro tipo de fotografía. Se trata, en efecto, de algo más preciso que el llamado “contexto” o el “studium” de Roland Barthes.

En el caso de la fotografía que retrata  el cuerpo de las prostitutas se distinguen al menos dos estrategias creativas: la primera se refiere a la fotografía de control prostibulario; la segunda se refiere a la fotografía de la prostituta y el prostíbulo como núcleo de los bajos fondos urbanos. Cada una de estas estrategias posee su catálogo: un conjunto o universo de fotografías específicas. Dentro de un catálogo hay varios portafolios fotográficos. En México, el tipo de fotografías que obedece a dichas estrategias ha estado presente desde el siglo pasado y se prolonga hasta nuestros días. Sus trazos ocupan estas notas.

La fotografía llegó a nuestro país poco después de su despunte en Europa en 1839, y su arraigo y desarrollo aquí se vincula al descubrimiento del rostro individual. En una sociedad de acentos tradicionales, la presencia de la fotografía se incorpora al escenario de los asombros que arrojan las máquinas, su impulso adventicio de progreso y promesa civilizadora. El trayecto de la fotografía mexicana resulta paralelo, y a  veces se traslapa, con el rumbo inaugural de las costumbres y los usos modernos. La búsqueda de un rostro propio de afirmaciones nacionales frente al porvenir ilustrado, liberal, progresista, se entrega también a través de ese mecanismo productor de imágenes que encuentra y multiplica, por primera vez, el mosaico de los contrastes patentes, ineludibles, testimoniales y ubicuos de los mexicanos ante sí mismos. El prohombre Mariano Otero  dejará constancia de tales certezas en un pensamiento integrista que irradia de la política a la cultura: “La representación nacional debe ser la imagen de la sociedad, tomada por el daguerrotipo”.

Leer texto completo a partir de la pág. 73, en Luna Córnea:

http://bit.ly/18BTshV

Luna Córnea 4. El cuerpo (Conaculta, Centro de la Imagen, 1994). Agotado

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