Charles Eisenmann y los monstruos victorianos, por Lorena Gómez

Eisenmann 01

El puente de Brooklyn ya estaba terminado. La gente iba y venía por esa inmensa estructura colgante de acero y piedra que José Martí describió con furor a sus lectores del periódico La América en 1883. El peaje costaba un centavo, lo suficiente para que inmigrantes y nativos se fundieran en un tránsito frenético que convertía al puente de cinco vías en un mapa de países sin territorio. Por el piso de madera desfilaban “hebreos de perfil agudo y ojos ávidos, irlandeses joviales, alemanes carnosos y recios, escoceses sonrosados y fornidos, húngaros bellos, negros lujosos, rusos de ojos que queman, noruegos de pelo rojo, japoneses elegantes, enjutos e indiferentes chinos”. Estos hombres dejaron atrás tierra y familia con la certeza de que encontrarían El Dorado, sólo tenían que navegar hasta Nueva York.

Charles Eisemann (después le agregaría una ‘n’ por razones fono-comerciales) fue uno de los tantos aventureros alemanes que llegaron a la isla en 1868. A los dieciocho años firmó la carta de naturalización que le permitió conseguir un empleo rápidamente. Después de trabajar como impresor en la calle Mott –donde aprendió el oficio de fotógrafo y grabador–, eligió establecerse al igual que la mayoría de sus compatriotas en una calle bastante peculiar; algunos viajeros de la época la describieron como un reino aparte, como un territorio que nada tenía en común con la ciudad que lo había delineado, y mucho menos con el país al que pertenecía.

THE BOWERY STREET. DIE BOWERY STRASSE. LA CALLE BOWERY Desde el siglo XVIII una de las atracciones para los alcoholizados parroquianos de las tabernas –y también para la gente de los pequeños pueblos y ciudades– consistió en admirar a seres deformes, salvajes y prodigios de la naturaleza, que, por unos cuantos pesos, un ambulante  presentaba en una pequeña tienda atrás del local o en la plaza principal. Estos espectáculos semiclandestinos dejaron de serlo con la aparición de empresarios como P.T. Barnum, quien los llevó del anonimato a la sofisticada Bowery Street y después a la iluminada pista de circo.

Leer texto completo:

Charles Eisenmann y los monstruos victorianos

– En Luna Córnea 30. Esperpento (Conaculta, Centro de la Imagen, Cenart, 2005, bilingüe). Tercer volumen de la trilogía del Circo, de venta en librerías Educal.

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