Archivo por meses: octubre 2013

Gabriel Figueroa, stillman, por Eduardo de la Vega Alfaro

Andrea de Palma

Debió ser hacia abril o mayo de 1932 cuando, gracias a su amigo y colega Gilberto Martínez Solares, Gabriel Figueroa conoció a Alex Phillips quien contratado ex profeso en «la Meca del cine», algunos meses antes había fungido como fotógrafo de una nueva versión fílmica de la afamada novela de Federico Gamboa, Santa, obra producida por la Compañía Nacional Productora de Películas (CNPP) y dirigida por Antonio Moreno. Más que «la primera película sonora mexicana», como se le calificó durante mucho tiempo, a la cinta de Moreno sí le cabe el mérito de haber sido la obra inaugural del cine mexicano con claros propósitos industriales. Ello en el favorable contexto surgido a raíz del rechazo que los públicos de Iberoamérica habían mostrado hacia las películas habladas en español hechas en Hollywood.

Como a otros mexicanos con quienes colaboró en diversas cintas, Phillips había conocido a Martínez Solares en California y, para mayo de 1932, trabajaba en la realización de Águilas frente al sol, segunda producción de la CNPP también dirigida por Antonio Moreno. Fue entonces cuando el joven Figueroa debió externar a Phillips su interés por aprender y trabajar en el medio fílmico mexicano. Convencido del talento de Figueroa, Phillips logró que se iniciara como stillman (fotógrafo de fijas) en la película La sombra de Pancho Villa (Revolución), que empezó su rodaje a principios de junio de 1932, bajo la producción y dirección del tenaz cineasta michoacano Miguel Contreras Torres, uno de los pocos que había logrado mantenerse en activo durante la década de los veinte haciendo una serie de películas nacionalistas entre las que cabe mencionar El Zarco (Los plateados), El caporal, De raza azteca, El hombre sin patria, Aguiluchos mexicanos, El relicario y Soñadores de la gloria.

Leer texto completo a partir de la pág. 31, en Luna Córnea:

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– En Luna Córnea 32. Gabriel Figueroa: Travesías de una mirada (Conaculta/ Centro de la Imagen/ Cenart, 2008). Disponible en librerías Educal.

Modernas sombras fugitivas. Las construcciones visuales de Gabriel Figueroa, por José Antonio Rodríguez

Martín Ortiz

Todo comenzó para él desde las entrañas mismas del México de la posrevolución. Un joven de apenas veintiún años, instalado ya como fotógrafo al lado de su amigo Gilberto Martínez Solares, fue requerido la tarde un miércoles de marzo de 1929 para asistir nada menos que a una ejecución. Se trataba del juicio por insurrección del general Jesús Palomera López quien se había alzado en Michoacán contra el gobierno delahuertista. Al caer el día, un militar llegó hasta su estudio de la calle de Hidalgo, y lo conminó -es un decir– a acompañarlo con su cámara no si antes preguntarle si sabía fotografiar con magnesio, evidentemente, porque la noche les esperaba. El novel fotógrafo pronto se daría cuenta de los sucesos que iba a presenciar y que obligadamente él mismo habría de registrar, a las orillas de la capital, en las gélidas como monumentales instalaciones de la escuela de tiro: el fusilamiento del general sublevado. Tres fotografías de su autoría se llegarían a publicar en la crónica de los sucesos.

El ajusticiado –escribió un anónimo redactor de ahí mismo– llegó relativamente tranquilo hasta el paredón, en donde quitó algunas piedras que le estorbaban para darse derecho, esto después de escribir unas líneas para su esposa y después quitándose el reloj, y sacando del saco otros objetos los dio a un oficial de su amistad para que los entregara a la misma persona. Segundos después, la fatídica voz de mando se dejaba oír y el cuerpo del general Palomera López caía por tierra sin vida, destrozado por las balas de los soldados que formaron el cuadro. No obstante que no daba señales de vida, fue preciso darle el tiro de gracia, enviando después el cuerpo al Hospital Militar.1

Las imágenes fueron entregadas por el joven Gabriel Figueroa esa misma noche a sus contratantes militares. Aunque, todo así lo indica, el fotógrafo se quedaría con algunos negativos de donde salieron unas fotos que, después de recibir la sugerencia de su también socia, Rafael Carrillo, vendería al único periódico que se las aceptaría. Y así, siguiendo los buenos oficios periodísticos de dar a conocer los sucesos de la víspera, aparecieron en la primera plana de La Prensa el jueves siguiente. Sólo en ese diario y en ninguno más. Suceso que sorprendería al novel fotógrafo ya que no tenía permiso para dar a conocer por su cuenta los hechos. Sin saber lo que pasaría y un tanto temeroso por tal osadía se fue hacia Puebla por unos días. Cuarenta y ocho horas después entraría en contacto telefónico con su socio, encaminador de almas: «[…] me dijo que regresara –recordaría después–, que no pasaba nada, y que el día anterior habría ido un militar que lo había ido a llevar a fotografiar otros juicios sumarios de la revuelta escobarista». 2

Leer texto completo a partir de la pág. 233, en Luna Córnea:

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– En Luna Córnea 32. Gabriel Figueroa: Travesías de una mirada (Conaculta/ Centro de la Imagen/ Cenart, 2008). Disponible en librerías Educal.

Mi alter ego, mi paso por el mundo, está en cien mil negativos: Paulina Lavista

Paulina Lavista

«Mi alter ego, mi paso por el mundo, está en los cien mil negativos que conforman mi archivo fotográfico», señala Paulina Lavista (DF, 1945).

Para reconocer su entrega y pasión por el oficio al que ha dedicado más de seis décadas de su vida, el 7 de noviembre la artista recibirá la Medalla al Mérito Fotográfico que otorga el Sistema Nacional de Fototecas del Instituto Nacional de Antropología e Historia. La ceremonia se realizará en la edición 14 del Encuentro Nacional de Fototecas que se realizará en Pachuca, Hidalgo.

Aunque en un principio Lavista pensaba dedicarse al cine, fue atraída hacia la fotografía porque al captar la realidad se dio cuenta de que «ahí estaba la verdad, en el teatro de la vida, en lo que el hombre hacía, por ejemplo, su arquitectura. Así fue como inicié un registro basado en un principio que parte de Paul Valery: el personaje va por el mundo», explica en entrevista con La Jornada.

Añade que con un ímpetu de juventud que no la abandona, se lanzó al mundo a documentar con su cámara todo lo «que me parecía notable, ya sea porque era algo circunstancial o porque me hacía tener el alma sensible.»

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Simulacros y certezas en la muestra México a través de la fotografía

Ángeles Torrejón

Cómo será el retrato fotográfico de un México que se cae a pedazos en medio del simulacro de la alternancia democrática? ¿Qué clase de imagen podrán confeccionar nuestras autoridades entregadas a sus tórridos contubernios de corazón salvaje? Y tal vez lo más interesante: ¿Cómo hará para conservar un mínimo de integridad un proyecto curatorial lanzado al final de la esperanza envilecida para aterrizar en los inicios de la vileza rediviva?

Primero viene la finta del “materialismo fotográfico”: relato a la moda; reacción ante la desmaterialización digital; coletazo del monopolio institucional frente al surgimiento de la vigilancia ciudadana. Por más becas y ceses que se anuncien en respuesta a la denuncia diaria, la denuncia no cesa. Aquí el relato materialista resulta superficial: pues sí, también en México se fueron sucediendo las nuevas técnicas. Ilustra el tema una serie de videos en inglés. Material de cualquier enciclopedia.

En cuanto al discurso verbal, sigue esgrimiéndose la mentira patria: “México, país de contrastes que afirma su gran riqueza cultural”: eterno premio de consolación frente a la pervivencia del virreinato. En el texto destinado a la imagen del obrero que camina sin protección sobre el andamiaje, la negligencia criminal en materia de seguridad laboral se convierte en deporte tradicional: “la construcción se basaba más en la destreza humana que en la maquinaria pesada”.

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El cine documental de Gabriel Figueroa, por Arturo Garmendia

La mujer del puerto

El Cardenismo y el cine   El año de 1933 fue la bonanza para el cine mexicano: se produjeron 21 películas (frente a las seis del año anterior), entre las cuentan cintas tan interesantes como El Prisionero treceLa mujer del puerto y, sobre todo, El compadre Mendoza. Pero, a la vez se hicieron evidentes obstáculos para su desarrollo inmediato, como el hecho de que las películas mexicanas tenían más éxito en los cines de segunda corrida y, por lo tanto, dominaban sólo un segmento secundario del mercado mientras las buenas conciencias derechistas exigían al Estado ejercer la censura ante películas críticas hacia la Revolución –como las mencionadas de Fernando de Fuentes–, o el caso del incesto que mostraba la cinta de Arcady Boytler.

A su vez, los productores eran acusados por la prensa de espectáculos de obrar como si el cine fuera «negocio de viudas», pues no invertían en una segunda película en tanto no hubieran extraído toda la ganancia posible de la primera, y los técnicos cinematográficos veían crecer la oferta de servicios y disminuir su demanda. Tampoco era ajeno a esta situación el hecho de que los productores no tenían todo a su favor ante la proclamada tendencia izquierdista del candidato a la presidencia de la República, el general Lázaro Cárdenas.

De él se decía que era un hombre interesado en el cine y, una vez que tomó el poder, en diciembre de 1934, la especie pudo comprobarse a la luz de los siguientes hechos…

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– En Luna Córnea 32. Gabriel Figueroa: Travesías de una mirada (Conaculta/ Centro de la Imagen/ Cenart, 2008). Disponible en librerías Educal.

La historia perdida de Robert Capa en México

Robert Capa

En medio de grandes sucesos mundiales, que para su propia vida como fotógrafo lo elevarían al rango de una celebridad, hay un breve, fugaz, pasaje en la vida de Robert Capa que comprende los poco más de cinco meses que a mediados de 1940 vivió en México. Unas cuantas semanas que van de finales de abril a principios de octubre de ese año. Días éstos que apenas si se muestran como relevantes dentro de su biografía y por lo tanto lo sucedido en ellos solo muy ocasionalmente, de manera circunstancial, es tocado en las grandes exposiciones y recuentos que sobre Robert Capa se han hecho. Un pasaje un tanto perdido aún para la propia historia de la fotografía en México.

Acaso esto se entienda porque el antes y el después de estos días del verano mexicano, fueron precedidos y seguidos por la gran épica —espectacular en las páginas de diversas revistas, como Vu— que Capa había realizado en las guerras de España y en la chino–japonesa entre 1936 y 1939; y después como corresponsal en la Segunda Guerra Mundial cubriendo las campañas de los Aliados en Londres, Francia, Sicilia y el norte de África entre 1941 y 1945. No por nada ya desde diciembre de 1938 fue calificado por la revista inglesa Picture Post, como “el fotógrafo de temas bélicos más grande del mundo” y, posteriormente, gracias a que había realizado diversos reportajes en el frente, “se había convertido —señala su biógrafo Richard Whelan— en una especie de leyenda internacional. Valiente, despreocupado, ingenioso… Los oficiales admiraban a Capa por su aparente despreocupación y su buena suerte, y (por lo tanto) lo invitaban a peligrosas misiones” . Sin duda, grandes acontecimientos que por otro lado han opacado los turbulentos días que el fotógrafo vivió en México.

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Jorge Soldado, de Juan Antonio Sánchez Rull. Disponible en línea

jorge soldado

Cuando las bombas dejaron de caer y las aves cubrieron el sol, Jorge Soldado levantó la mirada y una piedra muy pequeñita se le metió al ojo. Así, sin pensarlo, como los gatos se lamen las patas y los moscos nos chupan la sangre, Jorge Soldado se puso a llorar para quitarse la tierra de la cara. Luego Jorge Soldado caminó nueve días cargando una enorme mochila llena de balas.

Al décimo día, se acordó que la guerra había terminado. Así que se sentó a descansar en el frío de la noche y para entrar en calor quemó su mochila. Guardó una bala en su bolsillo y el resto las tiró al río. Soñó con el rostro y el beso y el adiós de su mujer. Soñó con una casa que se derrumbaba y de la que mil leones salían huyendo. Soñó también que moría ya de viejo y cobijado en el abrazo de su padre. Pero ese último sueño no lo recordó porque el río cálido de su orina brillando en el sol lo despertó. Caminó y caminó.

Jorge Soldado se alejó en dirección a su ciudad, a su casa, a su habitación, a su ropero, al cajón donde su traje café olía a perfume. Caminó hacia sus zapatos boleados y hasta el sonido de su gato rasgando los sillones. Reconoció su casa pues era la única que aún tenía los cuatro muros levantados. Reconoció su sillón porque la tela estaba hecha jirones.| Jorge Villalobos

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Jorge Soldado, de Juan Antonio Sánchez Rull. Edición ganadora de la Feria Internacional de Libros de Artista 2009 y editado en 2010 por Conaculta, Centro de la Imagen, Cenart. De venta en librerías Educal.

El último rollo, por Marco Antonio Cruz

Nacho López autorretrato 02

En el primer aniversario del fallecimiento de David Alfaro Siqueiros, en 1975, se llevó a cabo un significativo evento en La Rotonda de los Hombres Ilustres del Panteón Civil de Dolores, durante el que se presentó la escultura «Prometeo», del artista Armando Ortega, y se dispuso una larga mesa, presidida por Angélica Arenal de Siqueiros.

Durante el evento me llamó la atención un fotógrafo que con una cámara de formato medio y enfoque de cintura realizaba tomas de la mesa. Me imagino que a causa del formato, tenía problemas para captar la imagen en su totalidad, por lo que comenzó a caminar, lentamente, hacia atrás sin dejar de enfocar su cámara y sin reparar que había un arbusto de arrayán. En medio del acto solemne la caída fue estrepitosa, pero el fotógrafo se puso inmediatamente de pie y siguió enfocando, como si nada hubiera pasado. Pregunté a Rogelio Villarreal, que estaba cerca de mí, el nombre de ese fotógrafo: Nacho López, me respondió.

Años más tarde, en 1982, lo volví a ver en una reunión de fotógrafos en el auditorio del Unomásuno, en la que también se encontraba Héctor García; la discusión giraba en torno a la necesidad de crear un grupo de fotógrafos independientes. La siguiente ocasión en que nos reunimos fue en 1985. Una tarde llegó Nacho a la redacción de La Jornada, donde yo entonces trabajaba, buscando a Andrés Garay, quien había sido su alumno, y ambos me invitaron a la cantina Montecarlo, ubicada en el centro, en la calle de Revillagigedo. Se desarrolló ahí una intensa plática sobre fotografía, rociada con generosas cantidades de cerveza.

Leer texto completo a partir de la pág. 448, en Luna Córnea:

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– En Luna Córnea 31. Nacho López (Conaculta, Centro de la Imagen, Cenart, 2007, bilingüe). Agotado

El arreglo con la vida no es fácil, por Paolo Gasparini

Nacho López-niños

Después de casi treinta años no es fácil hablar de mi encuentro con Nacho López. Es como revisitar imágenes que nos retraen a lejanas vivencias; como reconocer una serie de viejas fotografías que ahora aparecen interferidas por un nuevo busilis de ofuscación. La dificultad reside en la mirada que se balancea entre el testimonio de antes y los estratos más recientes que afloran en nuestra memoria como salidos de un palimpsesto. Las añadiduras vienen entre la carga de las pasadas emociones y los criterios del presente con sus nuevos juicios y prejuicios acumulados. Este difícil equilibrio genera una sensación de malestar, a veces de infinita tristeza, porque nos recuerda el tiempo transcurrido, tanto tiempo perdido. Los fragmentos de la memoria se desvanecen como en una disolvencia de diapositivas, se quiebran en la nueva imagen en pedazos rotos como los recuerdos …

Y los recuerdos, ya lo sabíamos, son viejas quebrajas que a veces acarrean consigo un aura de reiterados remordimientos. Estoy hablando como un gastado fotógrafo que examina con lupa las hojas algo amarillentas de los vencidos contactos, reconociendo en las viejas imágenes los lugares donde estuvimos y fotografiamos. Aparece en el horizonte una marcha de viejos campesinos zapatistas en Anenecuilco o en el ingenio azucarero Tierra y Libertad de Chinameca; la armonía de los gestos de las mujeres tejedoras y de sus niños jugando en Chiapas, o los rostros hieráticos, consumidos por el tiempo y la dignidad defendida, como calaveras de piel y huesos de los indios Tarahumaras, los de la Barranca del Cobre, donde el tesoro de la Sierra Madre. Recuerdo las palabras de Juan Rulfo: «Quienes acabaron con los dioses fue esa gente que se llamó ‘gente de razón’ y que hizo las conquistas de estas tierras … después fue el tiempo. La falta de fe. Porque la falta de fe es como la falta de sangre en las venas … «.

Leer texto completo a partir de la pág. 411, en Luna Córnea:

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– En Luna Córnea 31. Nacho López (Conaculta, Centro de la Imagen, Cenart, 2007, bilingüe). Agotado

Nacho López en mi memoria, por Rodrigo Moya

Bellas Artes

El «yo» es el centro de toda memoria, sostenida por vivencias que son como raíces de diverso poder y profundidad. Cualquier remembranza o circunstancia acaecida en el entorno de ese «yo mismo«, ya sea como testigo, cómplice, partícipe, víctima o beneficiario, tiene, como todas las formas de la memoria, algo de subjetivo. A pesar de esa bruma que a veces los años más difuminan, pero a veces más precisan, la memoria sigue siendo, a pesar de su propensión a convertirse en mito o literatura, nuestro más firme puente hacia la realidad y la experiencia personal pasada. Por ello, al evocar a Nacho López desde los recuerdos, más que desde el análisises inevitable el uso de la primera persona y el riesgo consecuente de habla del uno mismoal hablar del otro.

CUADRO l . Del aprendizaje y la historiAsí pues, escribo sobre Nacho López desde la memoria, imprecisa y fragmentada, como los recuerdos que enciende la fotografía. No podría abordarlo desde un análisis de su obra o sus múltiples discursos en el universo de la imagen fotográfica, camino que historiadores y ensayistas han recorrido, y aún recorren y recorrerán, con variables grados de intensidad. Tampoco puedo rememorarlo desde la apología del discípulo porque nunca fui su alumno apuntando un hipotético dictado, o siguiendo paso a paso sus métodos fotográficos. No son necesarios tales rituales ni convertirse en réplica de un modelo para intuir, al paso del tiempo, la presencia del precursor y su impronta en el desarrollo del trabajo propio. Esta impronta modélica, al principio consciente y por lo tanto copia elemental e irrepetible, suele convertirse en una sustancia más fina filtrada desde los niveles del inconsciente. La influencia y el aprendizaje surgen en el lento proceso de comprender y compartir actitudes ajenas o exteriores, y de ver el trabajo propio entreverado con el de otros a partir de puntos de vista personales que pueden, o no, coincidir con los del precursor, pero siempre ligados a un mínimo de cánones e identificaciones.

Leer texto completo a partir de la pág. 385, en Luna Córnea:

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– En Luna Córnea 31. Nacho López (Conaculta, Centro de la Imagen, Cenart, 2007, bilingüe). Agotado