La geometría del jazz, por Nacho López

Nacho Lopez Jazz

Por excelencia, el arte más auténtico de los Estados Unidos de Norteamérica es el jazz, originado en África y transportado a los campos de algodón por los esclavistas. Los primeros espirituales no eran sino el lamento y la protesta ante las condiciones opresivas, como un grito de recién nacido expresado en el llanto de una trompeta. El jazz se tocaba en los burdeles de Nueva Orleáns o en los funerales; se pedía en los bautizos que “todos los hijos de Dios tuvieran zapatos”, o que al regreso del arduo trabajo se “platicaran las penas a las piedras del camino”.

Posee el jazz la cualidad del arte auténtico en su propia evolución dinámica. Como folclor ha consentido los cambios que le han impuesto el tiempo y sus creadores. Del store-ville al dixieland, del swing al bep-bop y de éste al jazz hot o cool, los músicos imprimen su propio sello y se dejan arrebatar en el jam-session de un Count Basie, o en la estructura intelectual de un Brubeck.

Si en la ciudad de México han surgido grupos de jazzistas, no se debe esto a una casualidad o al snobismo. Aunque de esto en sus oyentes haya algo se debe a un fenómeno que posee todo arte trascendente: esa génesis de haberse formado en las raíces de lo humano, de lo social, lo que en consecuencia toma carta de universalidad.

Esta ciudad moderna, por su expansión cosmopolita, ya admite corrientes culturales del más elevado rango. El jazz se acomoda en el ritmo de esta urbe dislocada; hiende la sensibilidad del ciudadano tenso, lo relaja o le aprieta sus sentidos pero lo hace gozar del vértigo melódico. Los jazzistas mexicanos –Chucho Zarzosa, Tino Conteras, Chilo Morán, Juan Ravelo, Mario Patrón, Cuco Valtierra, Ricardo Lemus, Toño Adame, Tomás Rodríguez, etcétera– son músicos de gran calidad técnica. La emoción que despliegan es espontánea y recia, cada uno posee una personalidad vigorosa que con el tiempo hará que se transforme determinantemente en un estilo: el estilo del jazz mexicano.

Para mí, el jazz es geometría, armonías que se mezclan, se elevan, caen y se multiplican. La melodía se expande y se contrae, y se repite en luces vibratorias y –como en juegos de espejos– se reproducen unas a otras, el pentagrama, en blanco y negro total, toma vida en una transposición de elementos que se acomodan, desplazan, en un diseño predispuesto, en fotografía. El jazz es relación espacial de volúmenes; es imagen alucinante, transitoria pero perenne.

– En Luna Córnea 31. Nacho López (Conaculta, Centro de la Imagen, Cenart, 2007). Agotado

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