Vestidas desvestidas y otras quimeras en la Bienal

Paula Islas

La Bienal de Fotografía es una tradición de trámite tortuoso. Esa frase anterior parece trabalenguas, así ha sido la historia de la Bienal: revuelta. Empezó en 1980 como un modo de que la cultura oficial reconociera a una escena fotográfica que crecía y crecía (algunos, más perversos, dirían que la intención era controlar desde arriba a la fotografía). De entonces para acá solo 15 ediciones del concuerdo se han celebrado. Su mayor continuidad se ha logrado desde la creación del Centro de la Imagen en los años 90.

¿Ha servido la Bienal? ¿Se han formado nuevos fotógrafos, se ha difundido la fotografía entre el público se ha ampliado el discurso fotográfico? Esas preguntas darán para otro texto. Lo que importa este año es que tenemos la XV Bienal y estamos ante una de sus mejores ediciones.

Normalmente recorrer la Bienal era un encuentro con los temas usuales: revisiones sociales, fotos en blanco y negro, formatos tradicionales, en fin: material que podía ser políticamente comprometido y técnicamente correcto, pero muy aburrido y predecible. Los fotógrafos eran muy solemnes y el jurado demasiado institucional.

Leer nota completa:

http://bit.ly/XgRBog

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